Cómo seducir moscas fingiendo estar muerto

Manuel Peinado Lorca · 21 de mayo de 2026

Vivir en los grandes desiertos del sur de África —el Namib y el Kalahari— no parece una actividad especialmente recomendable para una planta. Allí los inviernos pueden ser más fríos que en muchas regiones europeas, las heladas aparecen con sorprendente frecuencia y la lluvia tiene una costumbre desconcertante: desaparecer durante meses, a veces durante años. Sin embargo, precisamente en esos paisajes donde uno esperaría encontrar poco más que piedras y resignación prospera una de las colecciones botánicas más extravagantes del planeta.

Flor de Huernia x mccoyi
Huernia × mccoyi

Plantas convertidas en depósitos de agua

Entre esas rarezas destacan unas plantas sudafricanas de la antigua familia de las asclepiadáceas, unas criaturas tan extrañas que parecen diseñadas por un comité de biólogos con sentido del humor. Son plantas suculentas, es decir, organismos que han decidido resolver el problema de la sequía convirtiéndose en depósitos vivientes de agua.

La idea es bastante simple: si no puedes confiar en que llueva, conviértete en un bidón. Los cactus americanos hicieron eso con gran éxito. Algunas euforbias africanas y canarias copiaron el diseño hasta el punto de parecer cactus disfrazados. Y entre las asclepiadáceas, géneros como Stapelia, Huernia u Orbea, llevaron el concepto un paso más allá: almacenaron agua, eliminaron casi por completo las hojas y transformaron sus tallos en unas estructuras gruesas y carnosas capaces de sobrevivir meses enteros bajo un sol capaz de freír lagartijas.

Las hojas, en realidad, son un lujo peligroso en un desierto. Pierden agua con una alegría suicida. Por eso estas plantas prescindieron de ellas y delegaron la fotosíntesis en los tallos. Son tallos rechonchos, angulosos, a veces cubiertos de pequeños dientes, rellenos de un tejido esponjoso que funciona como una reserva hidráulica.

Además, las suculentas están admirablemente impermeabilizadas. Su epidermis posee una gruesa capa cérea —la cutícula— que les da ese aspecto grisáceo o verde azulado tan elegante. Vistas de cerca parecen muebles recién barnizados. El problema es que esa “pintura impermeable” también dificulta el intercambio de gases. Las plantas necesitan absorber dióxido de carbono y expulsar oxígeno, y para hacerlo utilizan unos diminutos poros llamados estomas.

Abrir los estomas durante el día, en pleno desierto, equivaldría a salir a correr con abrigo de lana en agosto. Así que estas plantas desarrollaron una estrategia ingeniosa: abren sus estomas solo de noche, cuando el aire es más fresco y húmedo y la pérdida de agua resulta mucho menor. Mientras la mayoría de las plantas duermen, las suculentas hacen vida nocturna.

Pero sobrevivir no basta. Una planta puede ser un prodigio de ingeniería hidráulica y aun así fracasar miserablemente si no logra reproducirse.

Cuatro asclepiadáceas malolientes de la colección del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá
Flores de cuatro asclepiadáceas malolientes de la colección del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. A: Stapelia hirsuta. B: Huernia schneideriana. C: Orbea variegata. D: Piaranthus geminatus. Fotos de Beatriz Díaz.

Flores con olor a cadáver

Cada primavera austral, tras las primeras lluvias, amplias zonas de Sudáfrica explotan en una orgía floral de dimensiones bíblicas. El paisaje árido se cubre de millones de flores de todos los colores imaginables. Para un insecto polinizador aquello debe de parecer una mezcla entre Las Vegas y un bufé libre. El problema es que, cuando todas las plantas florecen al mismo tiempo, destacar se vuelve difícil.

Así que las asclepiadáceas tomaron una decisión radical: renunciaron a competir por la belleza y optaron por el mal olor. Sus flores no intentan atraer mariposas delicadas ni abejas refinadas. Ellas apuntan directamente a las moscas carroñeras, esos insectos de gustos culinarios bastante cuestionables. Para seducirlas producen flores que parecen trozos de carne en descomposición. Algunas presentan colores púrpuras y amarillentos, superficies verrugosas y una textura sospechosamente carnosa. Pero el detalle definitivo es el olor: un hedor intenso a cadáver putrefacto.

La flor no solo parece un animal muerto. Huele exactamente como uno. Las moscas llegan encantadas, convencidas de haber encontrado el lugar ideal para depositar sus huevos. Se pasean sobre la flor explorando aquella prometedora montaña de podredumbre… y mientras tanto hacen exactamente lo que la planta espera de ellas: transportar polen.

Naturalmente, las moscas salen perdiendo. Cuando las larvas nacen descubren que aquello no es un cadáver sino una flor tramposa sin una sola molécula comestible. Pero la evolución, que suele ser despiadada, considera eso un problema secundario.

Una trampa mecánica para el polen

Las flores de estas plantas son obras maestras de complejidad mecánica. En la mayoría de las flores el polen es un polvo suelto que se desprende fácilmente. Las asclepiadáceas, en cambio, empaquetan el polen en pequeñas bolsas llamadas polinias, un sistema tan sofisticado que solo comparten con las orquídeas. El procedimiento recuerda a una trampa medieval.

Mientras las moscas caminan sobre la flor, una pata —o incluso la trompa— puede deslizarse accidentalmente por una estrecha ranura. Entonces el insecto intenta liberarse tirando hacia arriba y, sin saberlo, extrae el polinario, un complejo aparato formado por dos polinias unidas a una especie de pinza central. A partir de ese momento la mosca vuela de flor en flor cargando pequeños paquetes de polen colgando de las patas como si fueran adornos navideños grotescos.

Orbea variegata, conocida como flor estrella
Orbea variegata, conocida como flor estrella, es una suculenta perenne de la costa árida de El Cabo Occidental. Sus flores moteadas emiten olor a carroña para atraer a los insectos polinizadores.

Una de las especies más llamativas es Orbea variegata, conocida como “flor estrella”. Crece en la árida costa sudafricana y produce flores de hasta ocho centímetros, amarillentas y cubiertas de manchas granates, con un aspecto tan sospechoso que uno siente el impulso de comprobar si algo murió cerca. Los tallos apenas se elevan unos centímetros del suelo, pero las flores resultan imposibles de ignorar. Especialmente para las moscas.

La historia no termina ahí. El polinario que transporta el insecto cambia de posición mientras se seca, girando lentamente hasta colocarse en el ángulo perfecto para encajar en otra flor. El mecanismo funciona literalmente como una llave entrando en una cerradura. Cuando finalmente la polinia encuentra la ranura adecuada, queda atrapada dentro de la cámara estigmática y comienza la fecundación.

Todo este proceso —el olor a cadáver, las moscas engañadas, las trampas mecánicas y las piezas giratorias— ocurre silenciosamente a ras de suelo en algunos de los ambientes más hostiles de la Tierra. Y quizá eso sea lo más extraordinario de todo. Porque cuando uno piensa en la evolución suele imaginar algo solemne y elegante. Pero basta observar una humilde Stapelia apestando bajo el sol africano para comprender que la naturaleza también posee un sentido del humor bastante retorcido.

Artículo original: Sobre esto y aquello.

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